Recientemente, la escritura de artículos se incorporó como una rutina mensual en la Casa Hacker. Era un deseo antiguo de los equipos: crear más espacios para compartir públicamente las experiencias, los aprendizajes y los encuentros que surgen a lo largo de los proyectos.
Cuando se presentó la propuesta, tuvo sentido para mí de inmediato. Escribir siempre fue una forma de organizar pensamientos, registrar procesos y dar significado a lo que vivimos. Pero junto con el entusiasmo llegó una pregunta inesperada:
¿Tengo algo que decir?
La pregunta parece extraña. Al fin y al cabo, paso buena parte de mis días acompañando proyectos, monitoreando resultados, conversando con liderazgos, participando en reuniones, analizando desafíos y construyendo soluciones colectivas.
En la teoría, asunto no falta.
En la práctica, a veces sobra.
A lo largo de una semana puedo acompañar la trayectoria de un liderazgo comunitario que está fortaleciendo una iniciativa en el territorio, participar en discusiones sobre gobernanza compartida, escuchar relatos de transformación de jóvenes participantes, conversar sobre sostenibilidad financiera de organizaciones sociales y ayudar a construir estrategias para ampliar el impacto.
Son muchas historias.
Tal vez demasiadas historias.
Y justamente por estar tan cerca de ellas, muchas veces dejo de percibir cuán extraordinarias son.
Existe un fenómeno curioso en quienes trabajan con transformación social. Después de algún tiempo, aquello que antes parecía sorprendente empieza a parecer normal.
Una reunión donde personas con visiones diferentes logran construir consensos.
Un liderazgo que descubre nuevas capacidades en sí mismo.
Un grupo que transforma una idea en acción colectiva.
Una comunidad que encuentra caminos para resolver problemas antiguos.
Cuando eso pasa a formar parte de la rutina, corremos el riesgo de olvidar que, para quien está afuera, nada de eso es obvio.
A veces siento esto de forma muy concreta.
Salgo de una conversación sobre participación ciudadana, tecnología libre o desarrollo comunitario. Después voy al mercado, acompaño una reunión en la escuela de mi hijo o simplemente camino por la ciudad.
En esos momentos surge una sensación extraña.
Como si existieran dos mundos ocurriendo al mismo tiempo.
De un lado, personas dedicadas a construir alternativas, fortalecer comunidades, crear oportunidades y experimentar nuevas formas de organización.
Del otro, un cotidiano marcado por la prisa, el individualismo, la desinformación y la descreencia.
Mi amiga Punka suele bromear, citando una expresión conocida, con que “el mundo entero está bajo el maligno”. Lanzó recientemente el álbum Sincericídio y, así como yo, divide la vida entre arte, producción, gestión y transformación social.
Tal vez sea por eso que nuestras conversaciones vuelven con frecuencia a la misma pregunta: ¿será que las personas saben que esas historias existen?
Tal vez el papel de la escritura sea justamente ese.
No probar que la transformación social ocurre.
Sino registrar que existe.
Construir puentes entre quienes viven esas experiencias y quienes tal vez nunca hayan oído hablar de ellas.
Contar historias que podrían permanecer invisibles.
Y es ahí donde percibo que la pregunta inicial estaba equivocada.
La cuestión no es si tengo algo que decir.
La cuestión es cómo transformar en palabras todo aquello que veo suceder a diario.
Porque, en el fondo, hacemos que parezca fácil.
Pero quien está dentro de los proyectos sabe que no lo es.
Existe trabajo invisible.
Existe cuidado.
Existe conflicto.
Existe aprendizaje.
Existe persistencia.
Y existen muchas personas construyendo, todos los días, futuros que todavía no aparecen en los titulares.
Tal vez escribir sea una forma de garantizar que esas historias no se pierdan.
Tal vez sea una forma de recordar que aquello que se volvió rutina para nosotros sigue siendo extraordinario.
Y tal vez sea exactamente por eso que vale la pena seguir escribiendo.
