Escrito por Aliene Villaça, Amanda Santos y Patrícia Polzl
En 2024, Minas em Tech, un proyecto dedicado a la formación de chicas de secundaria en contenidos STEAM, comenzó con un desafío central: integrar la sostenibilidad como eje estructurante de los proyectos desarrollados a lo largo de las clases.
Durante el año promovimos diversas actividades que incorporaban materiales y prácticas sostenibles a los contenidos técnicos, además de la presentación de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). Esa introducción permitió que las alumnas comprendieran de forma más amplia cómo la sostenibilidad está presente en las acciones cotidianas y en el esfuerzo colectivo por un mundo mejor. Combinado con clases prácticas y creativas, ese enfoque incentivó la construcción de proyectos con sentido personal e impacto social, siempre con la mirada puesta en prácticas sostenibles.

Proyecto de la huerta automatizada y ecológica realizado por la clase de Minas em Tech de 2024.
Lo que inicialmente parecía un gran desafío para nosotras — equipo pedagógico y de gestión — fue rápidamente acogido por las chicas. Desde el inicio, demostraron facilidad para incorporar la sostenibilidad a sus ideas. Con el tiempo, pasaron a observar el ambiente escolar y su propio barrio con nuevas lentes: la de la optimización de recursos, la economía colaborativa y la sostenibilidad comunitaria.
Sabemos que, para muchas chicas de secundaria, los desafíos van más allá del aula. La sobrecarga de tareas domésticas y el cuidado de hermanos o familiares son motivos frecuentes de abandono escolar. Esas condiciones limitan su circulación en el territorio y dificultan el desarrollo de la autonomía. Por eso fue fundamental trabajar a lo largo del año el autoconocimiento, la autonomía y la pertenencia. Las jóvenes pasaron a verse como protagonistas capaces de proponer soluciones para mejorar su realidad — y la de toda la comunidad.

Alumnas construyendo prototipos utilizando Modelado, Impresión 3D y Electrónica.
Para la profesora Patrícia Polzl, que acompañó de cerca a la clase a lo largo del año, ese proceso fue transformador:
«Ver a las chicas ganando confianza, compartiendo ideas con brillo en los ojos y reconociéndose como parte del grupo fue una experiencia muy significativa y me enseñó mucho como docente. La sostenibilidad fue el hilo conductor, pero lo que se construyó allí fue mucho mayor: fue sobre autonomía, dedicación y superación de desafíos que antes del curso les parecían imposibles.»
De esa propuesta surgió la Granja Sostenible. En ese modelo, las alumnas desarrollaron una forma de pensar la sostenibilidad de manera económicamente viable. La idea era crear una granja donde la comunidad pudiera entregar materiales reciclables y, como moneda de cambio, recibir alimentos cultivados en la huerta o incluso adquirir otros productos. El material recaudado se enviaría a centros de reciclaje, donde sería vendido, y el valor obtenido serviría para mantener la granja.
En esa granja, las alumnas, organizadas en grupos, crearon prototipos a partir de los conocimientos técnicos adquiridos en el curso, como: un robot para el monitoreo del clima, una huerta con sistema de riego y cierre automático (para evitar daños causados por exceso de sol o lluvia), un sistema de detección de incendios y una casa con energía solar y cierre automatizado.
Estas propuestas, que unieron creatividad, conocimiento técnico y un compromiso genuino con la sostenibilidad, mostraron la potencia de ese proceso, y quedó en evidencia cuando el 100% de las participantes afirma que ganó más autonomía y confianza. Y más que eso, mostraron que las jóvenes de secundaria, cuando tienen espacio, tiempo y apoyo, son perfectamente capaces de pensar y construir soluciones sostenibles con impacto real en sus territorios.
