“¿Pero para qué quieren estos datos?”
Esta es una pregunta que escucho con frecuencia cuando participo en un mapeo, cuando conversamos con alguien de un territorio o cuando necesitamos recopilar información para rendir cuentas a un financiador o patrocinador de un proyecto de impacto social. Y es una pregunta legítima. Quien está entregando información tiene derecho a saber por qué se le solicita, cómo se utilizará y qué puede producir.
Lo que he percibido, después de algunos años trabajando con gestión de proyectos en contextos de alta complejidad, es que muchas veces esta pregunta viene acompañada de una desconfianza respecto al propio proceso de monitoreo. Como si recopilar datos fuera tan solo una exigencia burocrática de quien está distante del territorio y necesita rellenar una planilla para justificar una inversión.
Hoy, cuando alguien me pregunta “¿para qué quieren estos datos?”, pienso también en otra pregunta: ¿quién tiene el poder de producir, interpretar y usar los datos sobre un territorio?
¿Qué estamos preguntando cuando recopilamos datos?
Cuando hablamos de datos dentro de los proyectos sociales, tal vez la primera imagen que venga a la cabeza sea la de grandes bases de información, gráficos complicados o alguna inteligencia artificial analizando miles de registros. Pero, en la práctica, muchas veces estamos hablando de cosas bastante simples. ¿Cuántas actividades se realizaron? ¿Cuántas personas participaron? ¿Cuál es la edad de esas personas? ¿Cómo se identifican? ¿De qué territorio provienen?
Si estamos hablando de una actividad formativa, surgen otras preguntas. ¿Cómo llegaron estas personas a la actividad en relación con los temas que se iban a trabajar? ¿Qué sabían ya? ¿Qué aprendieron? ¿Cómo salieron de la actividad? ¿Logran aplicar ese contenido a su propia realidad? ¿Logran compartir este conocimiento con otras personas? ¿Logran adaptar lo que aprendieron y hacerlo a su propia manera?
Para mí, esta última pregunta es especialmente importante. Una formación no debería terminar cuando la persona logra repetir aquello que se le enseñó. Hay un momento mucho más interesante cuando logra tomar ese conocimiento, desarmarlo, adaptarlo y utilizarlo para responder a sus propias necesidades y a las causas que considera prioritarias.
Si la actividad es cultural, las preguntas también cambian. ¿Esta persona ya ha participado en algo parecido en el territorio? ¿Cómo llegó hasta esa actividad? ¿Qué encontró? ¿Cómo salió después de ver una obra de teatro, participar en un concierto o presenciar una batalla de rimas?
Detrás de cada una de estas preguntas existe un intento de entender algo muy sencillo: ¿la experiencia que estamos ofreciendo tiene sentido para quienes deberían beneficiarse de ella?
Participantes de una actividad de los Hubs de Cidadania Ativa conversan y participan en una dinámica colectiva alrededor de una mesa.
Monitorear también es cuidar
Fue trabajando con proyectos que comencé a cambiar mi propia relación con los datos. Durante mucho tiempo, monitoreo pudo parecer sinónimo de control. Indicadores, metas, formularios, listas de asistencia, informes y evidencias pueden percibirse fácilmente como una capa burocrática entre quien ejecuta un proyecto y quien lo financia.
Pero existe otra posibilidad. Monitorear también es cuidar.
Si pocas personas participan en una actividad, necesitamos entender por qué. Tal vez el horario no funcione. Tal vez el transporte sea inseguro o caro. Tal vez la comunicación no esté llegando. Tal vez el contenido no esté dialogando con esa realidad. Si una formación presenta un resultado menor al esperado, tal vez el problema no esté en las personas que participaron. Tal vez la metodología deba revisarse. Si alguien abandona un recorrido a mitad de camino, tal vez haya una historia allí que debamos escuchar antes de simplemente registrar a esa persona como una deserción.
Los datos pueden ayudarnos a ver estas cosas. Y, cuando logramos verlas, podemos tomar mejores decisiones.
Por eso, los recursos no son solo dinero. Los recursos también son tecnología, conocimiento, red de apoyo, alimentación, transporte seguro, tiempo, acceso y cuidado. Cuando monitoreamos un proyecto mirando todas estas dimensiones, dejamos de preguntar solo si la actividad ocurrió y comenzamos a preguntar qué fue necesario para que esa actividad pudiera llevarse a cabo de la mejor manera posible para las personas involucradas.
Formación y monitoreo en los Hubs
Recientemente, los equipos de los Hubs de Cidadania Ativa pasaron por formaciones en Gestión Ágil de Proyectos y en Monitoreo de Impacto Socioambiental. Para mí, hay algo muy importante en esta experiencia que va más allá de la certificación o de la metodología aprendida. Hoy contamos con equipos que actúan en tres territorios periféricos y que han pasado a dominar herramientas y conocimientos que muchas veces se concentran en organizaciones, consultorías, instituciones financiadoras y equipos especializados en gestión.
Participantes de distintas edades reunidos durante una actividad formativa de los Hubs de Cidadania Ativa, en una dinámica de construcción colectiva con post-its.
Los datos también pueden ser una herramienta de autonomía
Esto cambia las cosas.
Porque no basta con que una organización sepa producir un informe para un financiador. No basta con que quien financia sepa interpretar los indicadores presentados por una organización. Las personas que están en los territorios también necesitan poder mirar estos datos, entender lo que dicen y, sobre todo, utilizarlos para tomar decisiones.
Cuando un liderazgo logra observar los datos de su propia actuación y se percata de que determinada estrategia está funcionando, que otra necesita ser modificada o que una demanda está creciendo en el territorio, ese dato deja de ser solo una exigencia de rendición de cuentas. Pasa a ser una herramienta de autonomía.
Participantes de una formación de los Hubs de Cidadania Ativa trabajan en grupo con notebooks durante una actividad guiada por una facilitadora.
Y tal vez ahí resida una de las mayores potencias del monitoreo de impacto. El conocimiento sobre lo que está ocurriendo en un territorio no debería circular únicamente de abajo hacia arriba, en forma de informe, para que otra persona decida qué hacer con él. Ese conocimiento también necesita regresar al territorio y servir a quienes construyen las soluciones todos los días.
¿Quién produce, interpreta y usa los datos?
Sé que los datos son el nuevo petróleo. La frase se ha repetido tantas veces que casi se ha vuelto un cliché. Pero hay una pregunta que sigue incomodándome: ¿quiénes serán los dueños de ese petróleo?
Porque producir datos no significa necesariamente tener poder sobre ellos. Podemos participar en una investigación y nunca saber qué se hizo con las respuestas. Podemos rellenar decenas de formularios y nunca conocer los resultados. Podemos proporcionar información sobre nuestro territorio y luego descubrir que se tomaron decisiones importantes a partir de ella sin que nadie haya vuelto para hablar con nosotros.
Es por eso que, cuando pienso en los datos en el contexto de proyectos de impacto social, la pregunta que más me interesa no es solo cuántos logramos recopilar. Es quién produce estos datos, quién decide qué información es importante, quién puede acceder a ella, quién logra interpretarla y quién transforma esa información en decisiones. Y, sobre todo, ¿quién se queda fuera cuando se toman esas decisiones?
Democratizar el acceso a los datos
Después de algunos años trabajando con gestión de proyectos en contextos de alta complejidad, aprendí que los datos pueden ser una llave. Ayudan a demostrar que una demanda existe, a evidenciar que una estrategia funcionó, a identificar aquello que necesita corregirse, a comunicar resultados, a defender inversiones y a disputar prioridades. En muchos contextos, también ayudan a colocar a los territorios que históricamente han sido objeto de decisiones en la posición de sujetos de esas mismas decisiones.
Pero una llave solo genera autonomía cuando podemos sostenerla.
Por eso, creo que democratizar el acceso a los datos debe ir de la mano con la democratización de las herramientas para producirlos, interpretarlos y utilizarlos. No se trata de convertir a todo el mundo en especialista en indicadores. Se trata de garantizar que más personas tengan las condiciones para comprender la información que concierne a sus propias vidas y utilizarla para construir las decisiones que afectan a sus territorios.
¿Y qué podemos hacer nosotros con esta información?
La pregunta “¿para qué quieren estos datos?” sigue siendo legítima. Tal vez la respuesta más interesante sea precisamente aquella que permite devolverle la pregunta a quien está produciendo el dato: ¿y qué podemos hacer nosotros con esta información?
Me despierto y duermo en la periferia. Doy una vuelta por el mundo y vuelvo. Es desde este lugar que continúo trabajando con gestión de proyectos, tecnología, impacto y participación.
Y tal vez la pregunta que más me acompaña hoy sea menos sobre el tamaño de este nuevo petróleo y más sobre quién tendrá acceso a la llave de la caja fuerte.
¿Quién está garantizando que más de nosotros podamos ocupar estos asientos y participar en las decisiones sobre los problemas y las soluciones que, al final del día, afectan principalmente a nosotros?
